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Anotaciones
para una cronología de su vida y su obra
Alba Cassina de Nogara
CRÍMENES PASIONALES
El Día, 29 de Agosto de 1929
Puede decirse que todos los crímenes
son pasionales. La ira, el odio, el amor al dinero, la vergüenza,
son pasiones a veces irrefrenables. Pero se ha dado en llamar así
a los crímenes que intervienen el amor o la atracción
sexual.
Asimismo, hay crímenes en que
intervienen estos últimos motores y que no reciben tal nombre.
El robo que lleva al asesinato es, con frecuencia, un crimen originado
por el amor. Con frecuencia el ladrón va en procura del dinero
que necesita para complacer a la mujer amada, o para llenar sus
necesidades más premiosas, o para aproximarse a ella, o para
no perderla. Su propósito no es matar; pero es sorprendido
y mata. La designación de crimen pasional, no se aplica pues,
aunque casi todos los crímenes son pasionales, sino a aquellos
en que la víctima es la persona que causa la pasión.
Hay una tendencia generalizada a mirar
estos crímenes con menor horror que los otros. Se compadece,
no sólo a la víctima, sino que también al victimario.
Y, a veces, más al victimario. Y, a veces, más al
victimario. Son, sin embargo, verdaderos crímenes. Nadie
tiene derecho a atentar contra la vida de otra persona, ni a causarle
grandes males, erigiéndose en juez, muy parcial, de las ofensas,
que medien entre él y ella. Un ser verdaderamente superior
debe reprimir su pasión en casos de esta especie, por violenta
que sea.
La compasión popular rodea al
que mata y se mata. Se conceptúa que el dolor ha llegado
al paroxismo; que la razón ya no ha podido tener imperio
sobre los actos. Aquellos mismos que piensan que nadie puede disponer
de la vida de otro, miran con menos prevención al criminal
que se ha castigado a sí mismo aplicándose la pena
máxima. El bárbaro Otello no inspira piedad.
Se conceptúa, además,
en general, que la vida se había hecho imposible ya para
el criminal y el pensamiento se inclina a responsabilizar a la víctima
de esa situación desesperada. ¿Cómo quien tanto
amaba, quien prefirió morir a verse privado de su amor, no
fue, también amado?
Se encierra en este modo de sentir la
posibilidad y la probabilidad de un grave error. No siempre el que
ama es digno de ser amado. Las pasiones más profundas las
inspiran los seres más superiores, que no están obligados,
por eso, a amar a aquellos a quienes las inspiran. Sin embargo,
estos mismos seres superiores pueden equivocarse.
Cuando se despierta un fuerte amor,
los novios se idealizan el uno al otro. Con verdadero encanto se
atribuyen las más hermosas cualidades. Y, al mismo tiempo,
se esfuerzan en ocultar los grandes o pequeños defectos que
cada uno se reconoce a sí mismo. En el fondo de un gran amor
suele caber así, un gran engaño, que puede disponerse
antes o después del matrimonio. Y la mujer por ser generalmente
más joven, más inocente, más pura, con menos
experiencia de la vida, es casi siempre la víctima de ese
engaño.
¿Tiene derecho el novio a quien
se despide a tiempo, a privar de la vida a la joven a quien no ha
sabido cultivar? ¿Puede el marido, que en el curso de la
vida doméstica ha revelado sus defectos, ocultos hasta entonces,
y, a veces, capitales, obligar a la mujer a soportarlos y negarles
la liberación que la ley le concede, cuando la vida en común
ya es para ella imposible? Nada atribuye al novio el derecho de
imponer su interés o su pasión; y, en cuanto al marido,
la ley que ha creado el vínculo autoriza a la mujer a romperlo
sin expresar los motivos de su acto, sabiendo bien cuán pesada
suele ser para ella la tiranía del más fuerte, que
se establece con frecuencia en la vida conyugal y cuán difícil
de explicar son los conflictos sin solución que pueden nacer
entre un hombre y una mujer obligados a vivir unidos.
En tales circunstancias es inadmisible
que un hombre se erija en juez de su propia causa, abusando de su
fuerza bruta y falle contra lo que la ley dispone, aplicando a la
mujer la pena que no tiene reparación posible y la de mayor
barbarie; pena que, además, sume casi siempre en duelo a
toda una familia, y que parecería reconocer toda la razón
a quien la ejecutara, si quedara impune. Para que un funcionario
público hiciera abstracción en tales casos de los
principios fundamentales de derecho, que consagran el respeto a
la vida, sería necesario que faltase abiertamente al deber
de su cargo, y, además, considerado su fallo del punto de
vista moral únicamente, que haya creído penetrar en
los más recónditos misterios de la vida de la víctima
y del victimario, guiado sólo por los informes de éste,
habiendo quedado cerrados para siempre los labios de aquélla.
Nos impresionan profundamente los dramas
pasionales en que el asesino se mata a su vez. No podría
aplicarse a sí mismo más grave pena. Por su mano ha
desagraviado a la sociedad, herida injustamente en uno de sus miembros.
Nada queda que hacer para reprimir el atentado. Además, lo
repetimos, el matador nos inspira compasión.
Su dolor ha sido inmenso; él
lo ha juzgado sin consuelo; la perturbaciones de su alma lo ha llevado,
no a atentar contra un semejante, nada más, sino a destruirse
así mismo. Ante tan honda conmoción nos decimos: ¡Quién
sabe! ¡Tal vez fue muy culpable la víctima! pero
nuestra protesta se mantiene en pie: nadie tiene derecho a disponer
de la vida de otro; nadie puede juzgar por sí mismo, en su
propio asunto, por más grande que sea su pesar. Y si el suicida
no podía vivir sin la mujer querida, podía destruir
su propia vida, pero no la de otro, inocente acaso, acaso causante
del mal si medir su magnitud.
Estas mismas consideraciones y sentimientos
no se despiertan en nuestro espíritu cuando, en el crimen
pasional, el matador mata a su novia o a su esposa y se queda muy
fresco, o poco menos, planteando tal vez una nueva agradable existencia.
Entonces, todas las simpatías de los corazones bien puestos
son para la mujer, ligada en vida a un hombre que era capaz de matarla
y continuar viviendo. No descubrimos en el asesino la honda perturbación,
la inmensa amargura del suicidio. No nos sentimos inclinados a atribuirle
más que ira incontenida, orgullo herido, despecho sin medir,
venganza inicua o injusticia sombría; sospechamos que exige
de las mujer una fidelidad no correspondida, y castigada con la
muerte la falta a esa fidelidad, en que él incurre con escasos
miramientos.
Sólo una sociedad medioeval podría
mirar con simpatía o con tolerancia estas sangrientas violencias.
La mujer estaría siempre expuesta a la torpe furia del hombre
a quien ya no pudiese amar, y ese hombre tendría un derecho
de vida y muerte sobre ella, que se vería privada de la moral
pública y de la ley. Estos señores de horca y cuchillo
nos habrían contemplar con frecuencia el doloroso espectáculo
de seres delicados y débiles, casi siempre inculpables, sacrificados
al egoísmo y a la soberbia o a pasiones injustas y turbulentas.
(La transcripción de este artículo
me fue proporcionada por el inteligente investigador Lic. Daniel
Pelúas, que fue quien primero leyó este trabajo que
con sumo placer se lo entregué en un disquet, alentada por
la seriedad con que realiza sus investigaciones que entre otros
trabajos se reflejan en su obra Ideología Batllista
Componentes y modelo y que próximamente editará
una obra sobre una historia no oficial de BATLLE) (Julio de 2001)
SETIEMBRE 10- Esta
es la última fecha en que BATLLE concurre a las sesiones
del Comité Ejecutivo Nacional.
SETIEMBRE 18 (miércoles) - Batlle
ingresa al Sanatorio Italiano a las 9 menos 10 de la noche, donde
le será practicada una delicada intervención quirúrgica.
Lo operaron el 20 a las 8:30 Hs. de la mañana.
OCTUBRE 11- (viernes)
Le dio el primer síncope a las 7:15 Hs.
OCTUBRE 20- (domingo)
A las 12:10 Hs., segundo síncope y el último. (Anotaciones
en una libreta de Doña Ana Chervière de Batlle Pacheco)
OCTUBRE 21- Ley.
Se autoriza a la Presidencia de la República a tributar honores
oficiales a los restos de Don José Batlle y Ordóñez.
Poder Legislativo.
El Senado y la Cámara de Representantes
de la República Oriental del Uruguay, reunidos en Asamblea
General,
Decretan
Artículo 1º. Autorízase
a la Presidencia de la República a tributar a los restos
del ex Presidente Don José Batlle y Ordóñez,
en el momento de su inhumación, los honores destinados por
nuestro Código Militar para el Jefe de Estado.
Artículo 2º. Los gastos
que demande la inhumación de esos restos serán costeados
por el Tesoro Nacional.
Artículo 3º. Destínase
el Salón de Pasos Perdidos del Palacio Legislativo para que
sean expuestos en él hasta el momento del sepelio los restos
de aquel eminente ciudadano.
Artículo 4º. Comuníquese,
etc.
Sala de Sesiones del Senado, en Montevideo
a 21 de Octubre de 1929.
Juan B. Morelli
Presidente
Ubaldo Ramón Guerra
1er. Secretario.
Ministerio de Relaciones Exteriores.
Ministerio de Guerra y Marina.
Ministerio del Interior.
Montevideo, octubre 21 de 1929
Cúmplase, comuníquese
y publíquese.
Campisteguy
Rufino T. Domínguez
Manuel Dubra
Eugenio J. Lagarmilla
OCTUBRE 30- Artículo
publicado en EL Día sobre el homenaje tributado a BATLLE
en la Convención Nacional del Partido Colorado. ...Luego
de ejecutada la Marcha Fúnebre de Chopin... y cuando, con
el último acorde, pareció que el sentimiento lacerante
llegaría a planos inimaginables, desde la tribuna, emocionada
pero vibrante, surgió una voz: ¡Ahora, arriba
corazones! ... ¡Viva BATLLE!
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No podemos cerrar así, casi abruptamente,
una cronología que puede calificarse sui generis
y que expresamente he pedido que jamás se publique, sin transcribir
del gran amigo de Batlle, Domingo Arena, su reseña sobre
Los últimos preparativos para el ingreso al Hospital.
Quizá su lectura pueda ir preparando, a quienes sientan tan
profundamente a Batlle como mi familia y yo lo hemos sentido, (toda
la familia Cassina y la familia Bomio, sin excepciones) a aceptar
con gran dolor el fin de una vida dedicada enteramente a defender
los valores humanos y a procurarnos el Estado de bienestar,
definición mucho más elocuente y realista que el indefinido
estado del alma.
...Un día, casi inesperadamente,
se determinó que el 18 de setiembre, se instalara en el Hospital
Italiano. Me inquietó que se hubiera dispuesto que tomara
digitalina. ¿Es que no estaba bien del corazón?. El
no lo sospechaba siquiera y yo no tenía referencias concretas.
Batlle contaba, al contrario, que un gran especialista, que lo había
examinado en Europa, en su último viaje, le había
asegurado que podía dormir tranquilo sur les deux oreilles,
repetía textualmente. Recordaba también, que una vez
Ricaldoni, a raíz de una alarma, después de un examen
atento, lo había abrazado con emoción, diciéndole
que no tenía nada grave. Pero ambos recuerdos eran lejanos.
Porque Surraco, cuando estaba por intervenir, me subrayó
que se trataba de un caso serio, entre otras razones, porque el
enfermo tenía un corazón viejo, y que si se decidía
a intervenir al fin, era porque se lo exigía Batlle, y el
mal empezaba a no darle alce.
Agregaba, es cierto, que era frecuente
que los enfermos que iban a aquella operación, impuesta casi
siempre por razones de edad, por lo general tienen en el corazón
alguna cosa. ¿No acababa de salir de la prueba el señor
Tabárez, cuyo corazón estaba tan mal, que según
su gráfica expresión, parecía una calandraca?
El 18 por la noche, después de
la cena frugal de costumbre, sin ningún aspaviento, sin introducir
el menor orden en sus cosas de uso frecuente, despidiéndose
de la familia como para un paseo, Batlle tomó el auto rumbo
al hospital. Lo acompañaba su hijo Rafael, yo, y Mendieta.
Dominados por su serenidad, íbamos sin preocupación
aparente, hablando de trivialidades. Cuando enfrentamos a la capillita
de Maroñas, sobre Cuchilla Grande, Batlle dijo jovialmente
a su hijo: ¡Este Arena, es a ratos tan absurdo, que
es capaz de haberle pedido a esa virgen que me ayude!". -¡Me
había adivinado parcialmente el pensamiento, porque, precisamente,
en ese instante, lo estaba recomendando mentalmente a mi pobre mujer,
que es la santa de mi devoción!.
Entramos al hospital por la puerta chica
que da al bulevar. Nos recibieron el señor Andreoni, la hermana
Evelina y un par de enfermeros. Batlle saludó amablemente
como si llegara de visita. Se le condujo a la pieza que se le había
destinado, y en medio de ella permaneció un rato de pie,
dirigiendo a las paredes blancas, a la cama, a los escasos enseres
que la alhajaban, la atenta y tranquila mirada circular que debió
haber destinado a la celda en que alguna vez, por sus prédicas,
lo encerraron.
Después se sentó, cambió
con los que tenía a su alrededor algunas palabras de cortesía,
y al cabo de algunos momentos anunció que quería acostarse.
Lo que significaba que deseaba quedar solo, porque para él,
quitarse las ropas, era una intimidad que no admitía testigos.
Antes de dejarlo me creí en el
caso de recordarle, que aunque me disponía a destinarle los
días enteros mientras estuviese allí, de noche no
debía contar conmigo. A lo que me contestó con la
característica medida que ponía en sus relaciones
afectivas: ¡Pero, cómo puede ocurrírsele
que yo tenga semejante pretensión!. A mí me parecerá
suficiente el tiempo que buenamente pueda dedicarme.- Debería
saber ya, que no exijo, ni siquiera me gustan, sacrificios en mis
amigos!
La intervención y las esperanzas
que la siguieron. Batlle con sus amigos en el hospital
Como hacía tiempo que se le estaba
preparando, los prolegómenos de la operación dentro
del hospital fueron breves. No duraron más que 24 horas,
durante las cuales lo examinaron atentamente, los doctores Bordoni,
Posse, Galeano y Artuccio, encontrándolo al parecer bien,
desde que no hicieron ninguna contraindicación.
El 20 por la mañana, día
señalado porque era el de setiembre, ante la expectativa
de sus hijos y allegados, se realizó la operación.
Como era fácil, un simple paso preparatorio realizado por
un maestro, duró un instante. Cuando se le volvió
a su cuarto, y sobre todo después de los datos satisfactorios
que recogiera Surraco en el examen directo del mal, nos dejamos
invadir por el más franco de los optimismos. Al verle reaccionar
tan rápidamente a las pocas horas ya era dueño
de sí y conversaba con naturalidad- yo empecé a pensar
y decir que sacarle la próstata a aquel coloso, sería
como sacarle una muela a un hombre corriente. ¡Su formidable
aspecto me engañó hasta el fin, como el árbol
centenario robusto y lozano, que recién cuando lo abate la
borrasca se ve que está herido en el corazón!
A la mañana siguiente a la intervención,
ya lo encontré incorporado en su cama articulada, con buen
semblante. Había pasado una noche tolerable y se disponía
a conversar. Se acordó que debíamos anunciar en nuestros
diarios lo acaecido, pues no se le escapaba la expectativa del pueblo
sobre su estado. Me pidió que redactara un suelto lacónico.
Lo hice y lo rehice, y no le pareció suficientemente sobrio.
Hizo un ademán para tomarme el
lápiz y escribir él. Como me resistiera transó
dictándome las dos líneas escuetas con que dimos cuenta
del éxito de la operación. Me hizo notar que debíamos
ser parcos en el optimismo informativo, desde que nadie podía
garantir que de repente las cosas no pudieran descomponerse. Esto,
por lo demás, me lo repitió con frecuencia, hasta
el fin. Cuando leía el suelto de El Día
en el que todas las mañanas se anunciaba que iba cada vez
mejor, hacía con frecuencia un gesto de marcado disgusto.
Desde el primer momento, hizo entrar
en la pieza a los amigos con quienes mantenía trato habitual,
conversando tal vez más de lo debido. Es claro que nunca
permitió que nadie le diera la mano. No lo había consentido
nunca sano estando en cama y enfermo, mucho menos, pues al revés
de lo que sucede generalmente, se creía en el caso de extremar
su pulcritud. Fue su preocupación constante, no ofrecer ninguno
de los aspectos desagradables fruto de las circunstancias. De manera
que cuando sentía la necesidad de algo que pudiera presentar
aquel carácter, aunque fuera en la forma más leve,
cuidaba de quedarse solo, y para alcanzarlo, buscaba rodeos que
no rozaran el motivo: o el aire estaba viciado, deseaba quedarse
a oscuras, u otra excusa equivalente.
Y cuando volvía a llamar, aunque
fuese al más íntimo era necesario que entendiese que
el ambiente estaba saneado, y si fuese posible con un vago perfume
grato. Aparte de las hermanas, de los practicantes y de los enfermeros,
se hizo en el hospital de dos amistades nuevas, la del señor
Andreoni, a quien había tratado poco y cuya intimidad fue
un recreo para su espíritu, hablándome de él
como de un caballero del renacimiento italiano trasplantado a nuestro
medio con todas sus virtudes, y la del doctor Bordoni Posse que
le satisfacía totalmente tanto por su saber como por su trato,
al punto de querer hacer de él, para él y los suyos,
el sustituto del casi irremplazable Ricaldoni.
La preocupación por los enfermos.-
Pensando en mejoras morales y materiales
.
Dado como era a razonar sobre todo lo
que se producía a su alrededor y a buscar derivaciones que
pudieran aprovechar al gran número, empezó a hablarme,
desde el primer momento, de los esfuerzos que habría que
hacer para humanizar la vida hospitalaria, que si era dura para
él, que estaba entre los privilegiados, se imaginaba cuánto
debía serlo para los del montón anónimo, que
son los habitantes naturales de las casas de asistencia.
Anotaba lo útil que le era su
cama articulada que le permitía incorporarse sin esfuerzo,
y hasta cambiar de postura de las piernas, y consideraba que aquellas
debieran ser uso frecuente, para librar a muchos desgraciados de
las torturas de la inmovilidad. Para que pudieran ensayarse, se
había provisto de tres que dejaría al hospital como
recuerdo de su paso.
Una se la destinó a su amigo
el doctor Tiscornia que estaba en trance de necesitarla. Entendía
además que con un poco de dedicación podrían
inventarse muchos pequeños dispositivos, que facilitaran
las principales funciones de los que están más o menos
imposibilitados por culpa de su enfermedad. ¡Si se hace tanto
para rodear de confort a la salud, se debería hacer lo mismo,
y sin duda más, para llevar un poco de comodidad a los que
están enfermos!. Temía que éstos lo había
dicho siempre y lo repetía de nuevo- no fueran tratados con
toda la fraternidad que fuera deseable.
Admitía que se les diese todo
lo necesario, que fuesen científicamente atendidos, pero
tal vez se echara de menos cierta cordialidad en el trato, que debería
sustituir, en lo posible, el ausente calor familiar. Se le ocurría
reeditando lo que había pensado siempre, que tal vez no fuese
suficientemente respetada la personalidad de los desvalidos, y hasta
llegaba a admitir, que fuera necesario reglamentar mejor la función
de las clínicas, para que las imperiosas necesidades de la
enseñanza no contrariaran la tranquilidad ni el mismo recato
de los enfermos.
Ya ha de ser suficientemente ingrato,
decía, verse transformado en material de experiencia para
el bien del prójimo, pero la situación ha de volverse
intolerable si no se procede con suavidad y hasta con cortesía,
y si no se cuida muy mucho que palabras puedan llevar la desesperanza
lleguen hasta el paciente, ¡casi siempre todo oídos!
Su relación con las hermanas.-
Respetuosas exposiciones antirreligiosas
Sus relaciones con las religiosas, sobre
todo con la hermana Evelina, que era la que estaba más a
su alcance, fueron cordialísimas, perfectas. Aquellas eran
damas, y ello bastaba para que contaran con todo su respeto y su
mayor consideración. Porque con las mujeres, fuere cual fuere
su condición, fue siempre de una finura extrema: las pocas
que llegaban hasta él, eran recibidas y ceremoniadas, aunque
sobriamente, con la distinción con que lo habría hecho
un caballero de los tiempos galantes.
Dentro de esas normas, pues, las hermanas
nunca le sorprendieron un mal gesto, un movimiento de mal humor,
y hasta cuidaba de disimularles sufrimientos, para no producirles
malestar. Acataba sin protesta sus prescripciones...siempre que
no considerase indispensable no hacerlo. A un tranquilo y respetuoso
desacato asistí yo.
La hermana tenía la consigna
de hacerle tomar leche y Batlle entendía que no debía
tomarla; estaba seguro que le iba a hacer daño, dijera lo
que dijera el médico que no estaba dentro de él para
juzgar del malestar que en aquel momento podría provocarle
cualquier alimento. Se trabó una lucha serena pero obstinada.
La hermana invocaba su deber; él su estado. Durante más
de una hora la hermana lo abordó vaso en mano y él
se resistió enérgicamente. A las cansadas, para no
parecer grosero, tomó el vaso, se lo llevó a los labios
pero no lo tomó. Aquello amenazaba no tener término,
hasta que intervine yo, que conocía al paciente, para hacerle
comprender a la excelente señora, que habiendo dicho aquel
que no, como consecuencia de una meditada deliberación sólo
un milagro podía hacerlo cambiar de propósito. ¡Y
como el milagro no se produjo la leche no se tomó!
Batlle sentía mucha simpatía
por la hermana Evelina. La encontraba inteligente, bondadosa y agraciada.
Veía tal vez en ella, una excelente madre de familia fracasada
por culpa de su religión, y ello aumentaba, si fuera posible,
su encono antirreligioso. ¿Qué aquélla había
tenido una vocación irresistible al cuidado de enfermos?.
Pero, ¿acaso los deberes familiares eran incompatibles con
aquellos generosos sentimientos?
Este estado de espíritu lo llevaba
a ratos a hablarle con una gran discreción, en la que ni
por asomo pudiese aparecer la falta de respeto, de los errores de
que estaban plagados los dogmas que ella obedecía. Le detallaba
las barrabasadas más descollantes de la Biblia. Le contaba
con color, porque los tenía frescos, muchos autos de fe,
presididos por mitrados, en los que habían sido quemados
vivos millares y millares de hombres y mujeres, so pretexto de ser
hechiceros o estar hechizados. ¿No conocía ella, acaso,
las enormidades, las verdaderas locuras que constituían las
vidas de muchos santos? Pues, para que se enterase y meditase, iba
a tener el gusto de regalarle el libro clásico en que se
hace la historia de todos ellos.
Por otra parte, ella, que restañaba
a diario tanto dolor, que veía ante sus ojos el interminable
desfile de los torturados ¿cómo podía admitir
el dios todo piadoso de que habla su religión?. Y todas estas
cosas y otras más del mismo género las decía
Batlle tan suavemente, tan finamente, que la hermana, sin admitirlas
y hasta contradiciéndolas, no acertaba a incomodarse, ni
a desprenderse de su bondadosa sonrisa. Tan debió catalogarlo,
dentro de su criterio, como buen pecador culto y espiritual, que
cuando sobrevino inesperadamente su muerte, lo lloró con
verdadero desconsuelo, y más tarde, en compañía
de su superiora, fue a rezarle, de cuerpo presente, en el Palacio
Legislativo, sus últimas devociones.
Reflexiones sobre médicos y enfermeros
Los médicos y los enfermeros
fueron, como se comprende, una de las preocupaciones de Batlle,
durante sus días de hospital. No cesaba de hacerle justicia
a Surraco, que le había sacrificado tanto tiempo con tanto
desinterés. En su escenario de hospital, seco de expresión,
envuelto en su túnica y enguantado, lo encontraba demasiado
dictatorial. Le parecía que mandaba imperiosamente, y tal
vez lamentase, sin decirlo, que las circunstancias lo pusiesen en
el caso de obedecer sin chistar. ¡Tal vez lo amargara el sentirse
un poco prisionero!.
Llevado por su inclinación a
abordar temas generales, lamentaba que en el país y en el
mundo hubiese pocos médicos. Desde que la salud es tan esencial,
y aquellos, a pesar de todo lo malo que se diga de ellos, es evidente
que ayudan a conservarla, previniendo unas veces y curando otras,
el ideal sería que hubiese muchos más de los que hay,
para que estuviesen al alcance de cuantos los necesiten. Con el
fin de que el médico pudiera asistir mejor, sería
conveniente que tuviese sólo un número limitado de
enfermos, para que los pudiera observar atentamente, y no se perdiese
alguna vez en la madeja de sintomatologías distintas que
forzosamente se han de formar a su alrededor. Es verdad que ello
tendría el inconveniente de hacer de la medicina una profesión
poco lucrativa, pero que tuvieran paciencia los interesados, si
había de quedar servido el interés público.
Al fin una carrera que da gratis el Estado y se puede decir
lo mismo de todas- no tendría por qué ser una fuente
de rápido enriquecimiento.
Sobre los enfermeros se detenía
con verdadera complacencia. Hacía notar con dolor, que para
ellos, los menos remunerados, estaban reservadas las tareas más
ingratas. ¡La ley del embudo, en materia económica,
predominando siempre!. Señalaba que alguno de ellos, los
veteranos, completaban la tarea de los médicos y a veces
los sustituían. Y sin embargo, la gloria, la recompensa y
los honores se reservaban exclusivamente para aquéllos. Repetía
a su respecto lo que le había inspirado siempre la observación
atenta del personal obrero. Hacía notar que se trataba de
gente bien plantada, simpática, presentando algunos signos
de marcada distinción. Se mostraban inteligentes y educados.
Eran, en fin, gente que, sustancialmente
en nada diferían de nosotros y que con un poco de cultura
habrían sido sin duda nuestros iguales. Quién sabe,
si más de uno de ellos no se hubiese liberado al llegar a
tiempo la enseñanza gratuita en Liceos y Facultades, que
nosotros hemos puesto en boga. Lo irritaba, pues, profundamente,
el desnivel en que los mantenía la defectuosa organización
social, y a guisa de desagravio, como si se sintiese en algo responsable,
los trataba lo mejor que podía, no haciendo diferencia entre
ellos, Mendieta y uno mismo.
El primer síncope.- ¡Fue
un supremo éxtasis!
A los diez o doce días de la
intervención, Batlle estaba al parecer tan mejorado, que
se dispuso que empezara a levantarse. Me di el gusto de verlo cómodamente
instalado en un sillón, frente a la mesita que se le había
dispuesto, preparándose a almorzar. La comida le iba sistemáticamente
de su casa, de acuerdo con el menú que él formulaba
a lápiz, mañana y tarde, dentro de lo autorizado por
los médicos. Tuve la tentación de coparticipar de
su sobrio almuerzo, pero me objetó que no tenía el
derecho de tomarle una parte de lo poco de que disponía.
Naturalmente bromeaba, porque por desgracia, no se había
librado todavía de la inapetencia en que había caído.
Ese atardecer o a lo sumo al siguiente,
dejé de verlo, no recuerdo por qué, convencido de
que su estado permitía algunas ausencias. Al otro día
por la mañana, en el mejor estado de espíritu fui
a verlo como de costumbre, y antes de entrar a su cuarto, el doctor
Pacheco, su pariente, me dio una novedad tan inesperada como aterradora.
La víspera, repentinamente, estando solo con Mendieta, mientras
intentaba cambiar de postura en la cama, se había desvanecido.
Advertido en el acto, corrió hasta él, y lo encontró
inmóvil y sin pulso. Sin perder un segundo, buscó
lo necesario para hacer la inyección estimulante que se imponía.
Pero cuando estuvo junto al paciente, disponiéndose a proceder,
aquel abrió los ojos y dominando instantáneamente
la situación lo detuvo con un gesto imperioso, que no admitió
réplica, diciéndole: -¡A mí no
se me hace nada! -¡Y no se le pudo hacer nada!. El formidable
hombre había reaccionado de por sí en un instante,
armado de todo su indomable carácter!.
Lo encontré con bastante fatiga
pero sereno de espíritu. Le estaba impedido hablar, pero
no fue posible impedirle que me contara lo que le había sucedido.
Según los médicos, el percance se debió a un
exceso de movimiento. ¡Y no le advirtieron que no debía
moverse! Los médicos, agregó, dentro de su vieja
tesis olvidan de hacer a los enfermos indicaciones indispensables,
distraídos por su exceso de trabajo. Me garantía que
si era cierto lo que le dijeron, no había peligro de que
el accidente se repitiese, pues se disponía a inmovilizarse
todo lo que le fuera preciso.
Después, con una alegría
interior que le iluminaba el rostro y lo llevaba al arrobamiento,
empezó a describirme el síncope. -¡No podía
imaginarme nada más suave, más dulce, más arrebatador!
¡Era como un lento hundimiento, en el supremo éxtasis!.
Si alguien se hubiera interpuesto, para sacarlo de aquel estado,
lo hubiese apartado con energía. ¡Llegar a la muerte
así sería una delicia!
En plena reacción. La vuelta
a sus preocupaciones constantes. -Ensimismado en el dolor del ambiente
Tuvo a todos inquietos un par de días,
pero empezó a erguirse tan gallardamente que se llegó
a creer, los técnicos inclusive, que había pasado
todo peligro inminente. Por su parte, como no se movía, no
pensaba en la posible repetición del síncope, y hablaba,
sin duda con exceso. Por haberlo querido contener, arrancándole
algún amigo en plena plática, se me puso serio acusándome
con cierto desdén, de que me hubiese pasado a los médicos!.
Además tosía con demasiada frecuencia y a veces violentamente.
No le pude convencer de que aquello podía ser el peor de
los movimientos. Es que sostenía que era indispensable mantener
limpias las vías respiratorias, y cuando creía tener
determinada flemilla, que ubicaba de una manera precisa, no cejaba
hasta arrancarla. Es claro que para facilitar la tarea, hacía
con excesiva frecuencia, sus clásicas profundas aplicaciones
de mentol.
Pronto pareció normalizado totalmente.
Los médicos concluyeron por tranquilizarse. Los íntimos,
que habían espaciado sus visitas, las hicieron tan frecuentes
como antes. Se empezó a hablar de nuevo corrientemente, a
veces en rueda. Tema preferente la política. Entonces fue
que Batlle volvió a subrayar que era imprescindible hacerles
comprender a los nacionalistas, que sin Corte Neutral no habría
elecciones. También siguió sosteniendo que no se debía
ir a aquéllas, si no se garantía mejor la autenticidad
del voto, porque tenía la obsesión de que los adversarios
hacían votar muchos supuestos, con credenciales ajenas contando
con la impericia de algunos de nuestros delegados y las deficiencias
del retrato de perfil para justificar el parecido.
La noticia de que se habían roto
las gestiones de acuerdo colorado le produjo hasta alivio físico.
¡Al fin acababa lo que no debía haber empezado nunca
y que sólo se tradujo en pérdida de tiempo! Y recomendaba
con insistencia que se hiciera avanzar la ley de jubilaciones generales,
que desde el punto de vista del momento económico, le parecía
la ley de las leyes. Nada más justo, decía, que asegurarle
la vejez a los que han trabajado toda la vida sin salir de la pobreza.
Argüía que el proyecto batllista presentado en la Cámara,
en cuya confección había trabajado personalmente mucho,
en colaboración con Martínez Trueba, era bastante
satisfactorio. Si me encontrase con bríos para estudiar a
fondo la ardua cuestión, me pediría que me encargase
personalmente de su defensa. Aunque en el fondo tuviese la preocupación
de su estado trataba todavía de no moverse y le ponía
mal gesto a los sueltos de El Día que lo daban
muy bien- se cuidaba como de costumbre de cuestiones ajenas que
le interesaban afectivamente.
Con frecuencia preguntaba si se había
arreglado la situación de la viuda de un suicida amigo. Era
raro el día que no se interesara por la marcha del doctor
Tiscornia, que estaba también en el Sanatorio. Se empeñó
en que el doctor Bordoni me examinase y en cuanto supo que me encontraba
bien me hizo anticipar la nueva por su hijo César. Cuando
volví a su lado, después de felicitarme con un gesto
de marcada satisfacción, me instó con empeño
a que no abandonase un método curativo que había notado
que me hacía mucho bien. Lo que hará que en el porvenir,
mi excelente amigo May no tenga que seguirme reprochando el abandono
del tratamiento, a que cree que debo estar sometido.
En los últimos días, Batlle,
que no tenía más perspectiva para su mirada, que un
limitado patio que alcanzaba desde su cama, sentía la obsesión
de la silenciosa tristeza en que aquél permanentemente estaba
sumido. ¡Qué ambiente tan simple y a la vez tan desolante!
se decía sin desviar la vista durante largos ratos. ¡Tal
vez imaginase aquel estrecho espacio cuadrangular, apenas animado
por una palmera, como un receptáculo de angustias invisibles,
emanada de los cientos de sufrientes que poblaban la gran casa!
A fuerza de fijar la atención
se diría que intentase separar e individualizar diversos
sufrimientos y dolores, flotantes e impalpables. De vez en cuando
aparecían en los altos corredores circundantes, figuras lánguidas
de escuálidos sujetos, todavía enfermos, vagamente
dibujados en sus túnicas blancas y que parecían las
figuras apropiadas, puestas por un artista melancólico, ¡para
completar el cuadro de una naturaleza casi muerta!
¿En qué pensaban aquellos
infelices, qué ideas los torturaban? ¡Y se le ocurría,
de seguro que tal vez estuviesen labrados por el punzante malestar
del preso desvalido, en vísperas de su libertad que saben
ha de llevarlos irremediablemente al más completo desamparo!
Las últimas palabras. El fin
En los últimos días de
hospital Batlle parecía que estaba completamente mejorado.
Llamaba la atención que no recobrase rápidamente fuerzas,
como se esperaba de su recio organismo, pero ello se atribuía
al ambiente y se esperaba que todo pasase en cuanto estuviese en
su casa. Como ésta quedaba distante, se buscaba una céntrica,
donde pudiera ser más fácilmente atendido por su médico.
Este y los que habían colaborado con él en los últimos
días se mostraban optimistas. Al episodio cardíaco
lo daban por terminado. Hasta parecía que no había
por qué tomarlo en cuenta para la segunda intervención,
que habría de realizarse transcurridos algunos meses.
Así llegó la mañana
del 20 de octubre, que nadie soñaba que había de sernos
tan funesta. Estuve junto a Batlle a las once en punto, ¡lo
encontré tan bien que lo felicité por su aspecto!.
Tosía es cierto, bastante y se aplicaba mentol, pero era
lo corriente. Estaban con él el doctor Pacheco y Barrandeguy.
Este último le llevaba la noticia de que había tomado
un lindo departamento en el Parque Hotel, y en consecuencia se comenzó
a planear la mudanza para el día siguiente.
Empezamos a hacer bromas sobre la vida
agradable que haríamos en el nuevo domicilio, y hasta lo
amenacé con instalarme también, tentado por el confort.
Un rato después nos quedamos solos y empezamos a hablar seriamente.
Me pidió novedades. Le contesté que sólo había
leído El Día que él había
visto también. Me arguyó que ciertas secciones del
diario le parecían descuidadas, y convinimos que pronto podríamos
remediar muchos detalles, escribiendo yo sobre los temas que conversáramos,
como habíamos hecho otras veces. Se lamentó que la
espera del segundo tiempo operatorio le impusiera varios meses de
inactividad; se resarciría después en cuanto lo restaurasen
razonablemente. Saltando sobre diversos temas, le hablé de
la excelente impresión que había producido la última
batalla municipal de César, lo que le iluminó el rostro
en una amplia sonrisa, como si saborease en silencio el placer de
sentirse dignamente continuado. No recuerdo cómo ni por qué,
aludía a la situación parlamentaria de su sobrino
Luis, subrayándole que se estaba destacando tanto por su
inteligencia, como por su dedicación y energía. Me
contestó muy complacido que aquello era natural y lo había
esperado. Tanto aquél como sus hermanos, me dijo, salen al
padre: el pobre Luis era muy inteligente. -Y además
muy bueno - le repliqué- recuerdo que Irureta Goyena le llamaba
el santo fracasado!. La referencia lo hizo sonreír
de nuevo con plácida tristeza.
Eran alrededor de las doce. Yo nunca,
absolutamente nunca, salía de allí antes de la una.
Ese día, la Providencia que ya me señaló,
acordándome el triste privilegio de recoger la última
palabra de Batlle, y volvió a señalarme, singularmente,
más tarde, deteniendo el féretro en el memorable cortejo
fúnebre, precisamente debajo de los balcones del doctor Lago,
donde lo esperaba para la última despedida- ese día
repito, tejiendo una complicada madeja de coincidencias, me obligó
a dejar el Hospital mucho antes de lo acostumbrado, con el deliberado
propósito, sin duda, de que no asistiese al trágico
derrumbe de la Montaña.
Interrumpí bruscamente, casi
absurdamente la conversación, para decirle que lo iba a dejar
a aquella inusitada hora, porque habíamos convenido con mi
hermano ir a la ópera rusa para festejar su mejoría.
Abrazándolo en un gesto habitual, como si lo hiciese con
una columna inconmovible, agregué: Pero antes de ir
al teatro, lo vendremos a ver. A lo que me contestó
dirigiéndome su última cariñosa mirada: ¡A
condición de que no me despierten si me encuentran dormido!.
Al entornar la puerta para salir, sentí su último
golpe de tos.
Diez minutos después estaba en
casa de mi hermano y me sentaba a la mesa alegremente. No había
probado bocado, cuando sonó el teléfono. Me anunciaban
que Batlle no estaba bien y que se requería mi presencia.
¡Un helado escalofrío me recorrió el cuerpo!.
En un instante estuve en el hospital. El recibimiento del doctor
Stajano me anunciaba algo terrible. El resto me lo dijeron, sin
hablarme, Marcos Batlle, desolado, cadavérico, y el pobre
moreno Mendieta, que agobiado junto a la puerta, ya mortuoria, era
la obscura imagen de la desolación!.
Me desplomé sollozante en los
primeros brazos que me acogieron. ¡Batlle había muerto!.
Se lo había llevado un segundo síncope. ¡La
sensación suave, dulce, voluptuosa del anterior, que él
habría defendido si la hubiese visto en peligro!. ¡Había
tenido la muerte deseada, la sin duda merecida, la que en su insobrepujable
altruísmo anhelara para todos los vivientes como justificación
del Creador!
¡Así se fue Batlle, el
hombre más bueno, más justo, más abnegado,
más probo, más fuerte que he conocido, una de las
contexturas morales más finas que ha producido la humanidad,
sin duda uno de esos raros seres de alta excepción, que la
Naturaleza, para probar su genio, funde, con paréntesis seculares,
rompiendo el molde enseguida!. ¿Por qué la irreparable
catástrofe no me tiene infinitamente desolado? ¡Porque
no me acostumbro a sentirlo muerto, tal vez porque no esté
realmente muerto, sin duda porque siento demasiado vivamente que
el inmenso valor intrínseco que fue su vida, no podrá
perderse jamás, por haberse incorporado, total y definitivamente,
al alma colectiva de un gran Partido!
FAMILIARES
José Batlle y Carreó
El 3 de diciembre de 1799 partió
del puerto de Cádiz, con destino al Río de la Plata,
Don José Batlle y Carreó abuelo de José
Batlle y Ordóñez- comerciante español nacido
en Sitges (Principado de Cataluña), el 25 de mayo de 1773.
Venía a bordo del navío Nuestra Señora
de Regla, de su propiedad, con un cargamento de mercaderías
europeas. Llegó a Montevideo en 1800 y comercializó
en este puerto y en el de Buenos Aires, todo lo que traía,
con la consiguiente ganancia.
En 1806 el Sr. Mateo Magariños
le vendió el negocio de panadería y molino que funcionaba
en un terreno arrendado a la Junta Municipal de Propios, y ubicado
en una zona de extramuros de Montevideo, próxima a la costa
norte de la bahía donde se surtía de agua la población
de la Plaza conocida por este motivo como La Aguada-
y lindero con la Quinta de las Albahacas, que proveía
de frutas y legumbres a la ciudad.
Recién en 1810 la Junta reconoció
a Batlle y Carreó como nuevo colono del predio, cuya ubicación
e historia fue motivo de un artículo escrito por M. Ferdinand
Pontac. (1)
En dicha quinta Mateo Magariños
había edificado su casa y su molino, bordeado éste
por el arroyo de las Canarias, y había obtenido, en pública
subasta, el derecho a proveer al Apostadero Naval de todo cuanto
necesitaba. Pero no pudiendo dar cumplimiento a las obligaciones
estipuladas por contrato, lo traspasó a Batlle y Carreó.
Desde aquel momento, fue el principio de mi ruina por los
acontecimientos que sobrevinieron, y que no eran previstos
expresa en sus Memorias (2).
En efecto, las invasiones inglesas primero,
que entre otras pérdidas le ocasionaron las de sus navíos,
y las guerras de la independencia poco después, arruinaron
a Batlle y Carreó cuyas propiedades, dentro de la línea
de fuego de las tropas que sitiaban la ciudad, fueron arrasadas,
pasando a vivir en intramuros a su casa de la calle San Pedro Número
82.
Este es, a grandes rasgos, el comienzo
de la azarosa vida en Montevideo de quien fue fundador del linaje
oriental de los Batlle, palabra que en catalán significa
alcalde. Quizás haya sido este significado una
curiosa premonición del lugar que ocuparían en la
historia de nuestro país los descendientes de Don José
Batlle y Carreó, que llegarían a desempeñar
la primera magistratura de la República.
En su prolija y documentada Relación
de los acontecimientos ocurridos sobre el abasto de víveres
para la Real Marina Española en el apostadero de Montevideo
desde 1806, y las ocurrencias políticas que sobrevinieron,
al mismo tiempo que sirva de instrucción en las reclamaciones
pendientes de Don José Batlle y Carreó al Gobierno
de España, conocida como sus Memorias,
relata minuciosamente no sólo los acontecimientos señalados,
sino también las reiteradas gestiones ante el gobierno de
España para el cobro de las sumas que se le adeudaban por
el abasto de víveres a la Marina española.
Esta Relación aporta
datos de indudable interés para el cronista histórico
por ser referida por un testigo presencial protagonista muchas
veces- de los episodios descritos. Pero también es ilustrativa
de las características de la personalidad de su autor cuando
cuenta, por ejemplo, cómo logró distribuir diariamente
tres mil quinientas raciones a las personas que estaban en la plaza
de Montevideo sitiada por los patriotas, o la actitud que asumió
en la audiencia que le concediera el rey de España de quien
se negó a recibir favores, reclamando tan sólo lo
que por justicia le correspondía, o cómo atendió
a la educación de sus hijos luego del fallecimiento de su
esposa.
Llegó a Madrid sin la compañía
de su familia el 10 de octubre de 1815 y ante la demora en resolverse
el pago de la deuda, su esposa, Gertrudis Grau, también oriunda
de Sitges, y sus hijos, Josefa, Lorenzo, Clementina y Gertrudis,
nacidos en Montevideo, partieron de esta ciudad rumbo a España
y se reunieron con él en Barcelona en noviembre de 1820.
En mayo de 1821 volvió a Madrid
para seguir sus reclamaciones que habían sido interrumpidas
por la revolución de Riego y se llevó con él
a su hijo Lorenzo para poderle dar instrucción,
según lo expresa.
Su esposa enfermó gravemente
en Sitges lo que decidió el regreso de Batlle y Carreó
en octubre de 1822.
Gertrudis Grau falleció el 17
de enero de 1823, motivo por el cual tuvo que ocuparse él
solo de la educación de sus hijos y contrató maestros
particulares.
En marzo de 1826 resolvió que
su hijo Lorenzo debía recibir una mejor educación
o más ilustrada de la que podía recibir en Sitges
por lo que viajó con él a Francia dejándolo
en el colegio de Soreza en el Departamento de Tarn.
Cuando estalló la revolución
de 1830 y fue separado del trono Carlos X, Batlle y Carreó
resolvió que su hijo regresase a España y luego partiera
hacia Montevideo adonde llegó en 1831.
Su padre y hermanas lo hicieron con
posterioridad, en 1833.
Setembrino Pereda (3) expresa que Lorenzo
había ingresado al Colegio de Nobles y Militares de Madrid
en 1826, luego que estudiara en Francia. Pero esto no coincide con
lo expresado en las Memorias, en las que no se hace
referencia alguna a este Colegio y la fecha de 1826 corresponde
a sus estudios en Soreza.
Don José Batlle y Carreó
terminó sus días en Montevideo el 21 de diciembre
de 1854, sin que hubiera logrado el cobro de lo que la corona española
le adeudaba.
Según consta en la copia de su
testamento, el original fue entregado al escribano Bernardino Llopis
y Rivera en Sitges el 23 de febrero de 1833. En el mismo ordena
que su entierro y exequias serán con la menor pompa posible
por no permitirle el estado actual de sus intereses; y si que el
día de su muerte estuviese debiendo algún pico
de dinero que no contase, pero q. indicase ser cierto, en tal caso
será de poca cantidad y contraídas aquí, serán
satisfechas sin forma de juicio, y solo la verdad sabida....
Seguimos transcribiendo del citado documento:
Declaro que mi esposa Da. Gertrudis
Grau y Font ya difunta, no me trajo en nuestra unión ningunos
bienes ni la dote que le correspondía por su casa Paterna
, igualmente q. no hicimos capítulos matrimoniales, ni estipulamos
ningún convenio respecto a intereses que pude constar de
documento; mas como parece justo tener parte de las utilidades,
o aumento de intereses q. he tenido estando ella en mi compañía,
declaro sea a favor de los hijos de ambos, como legó ella
a beneficio de los mismos, ápartes iguales, en su último
y válido testamento, de los intereses q. pudo testar en su
muerte, de los bienes q. adquirió por la donación
q. a su favor hizo su Sra. tía María Teresa Soler
y Font, q. es mi voluntad sea cumplida la disposición q.
ella hizo, y ser una de las causas por que mejoro álos hijos
que con ella tube. Es mi voluntad y nombro por mis herederos, a
mis hijos, q. son los que espreso á continuación,
asaber: Dela unión legítima con mi difunta Esposa
Dña. Gertrudis Grau y Font, tubimos a Da. Josefa, Dn. Lorenzo,
Da. Clementina y Da. Gertrudis, nacidos por ese orden en Montevideo
y antes de la unión con mi esposa tube a Da. Concep. on,
Dn. Vicente y Da. Manuela, habidos por el mismo orden en Montevideo,
con Da. Marcelina Maurigade, entonces soltera, después casada
y ahora difunta, y bajo su apellido han estado hasta ahora poco,
q. de mi propia voluntad tengo ordenado toman el mio; y últimamente
tube a Dn. José, cono (cido como) Pepito, nacido en Valencia,
habido con Da. Magdalena Domínguez, ba ( ) apellido viva
ahora conmigo, y mi familia; a todos los cuales, reconozco ( ) mis
hijos y en cuanto puedo, legitimo a los hijos naturales; mandando
a to ( ) se reconozcan , se tratan, y aman como ermanos, y á
todos los nombro ( ) mis herederos ... (Se respetó
la escritura original)
(1) Seudónimo de Luis Bonavita
(1895 1971): Médico, periodista, Director del Archivo
Artigas. Suplemento de El Día, 20
de mayo de 1956.
(2) Véanse las Memorias
en Revista Histórica, Tos. VII y VIII. Setembrino Pereda.
El general Lorenzo Batlle. Apuntes biográficos.
Revista Histórica, Tomo. VIII, Año 1917.
LORENZO BATLLE GRAU
Don Lorenzo Batlle Grau había
nacido en la casa paterna, ubicada en la intersección de
las actuales calles Asunción y Yaguarón, el 10 de
agosto de 1811. Había estudiado, como ya lo anotamos, en
España y luego en Francia. De regreso a su país empezó
su carrera militar como Teniente de Infantería, llegando
a Brigadier General en 1882 (4). Fue protagonista en las horas trágicas
de la Guerra Grande, de varios episodios bélicos que pusieron
de manifiesto su decisión y coraje.
Representante por Montevideo en la 5ª
Legislatura (1843 46), el 12 de agosto de 1847 Joaquín
Suárez lo nombró Ministro de Guerra. Tuvo como difícil
cometido llevar a cabo la orden de destierro del Gral. Rivera que
manejó con inteligencia, determinación y tacto.
A estas cualidades, se aunaban a su
modalidad una gran sensibilidad y sentido humanitario, puestos de
manifiesto durante los combates de Colonia en que, al ver caer gravemente
herido al soldado Ramón Tabárez, sin perder tiempo
lo cargó y puso a salvo, arriesgando su propia vida. Tabárez,
que llegó a General, conservó siempre el recuerdo
de este gesto de Don Lorenzo guardándole profunda gratitud.
Fue uno de los fundadores de la Sociedad
Amigos del País, en 1852, e integró la Comisión
Directiva de la Unión Liberal en 1855-
Durante el gobierno de Pereira fue designado
Ministro de Hacienda el 14 de agosto de 1856, en medio de una gran
crisis económica y financiera. Al aceptar expresó,
luego de formular una especie de inventario de las finanzas nacionales:
Tal es el cuadro fiel que presenta el departamento de Hacienda
en el momento en que me recibo de él. Cuando V.E. me ofreció
su dirección, decliné el honor porque lo consideraba
superior a mis fuerzas, pero habló V.E. de sus sacrificios
personales ya apeló a mi patriotismo para que no rehusara
aceptar una posición que veía erizada de dificultades
y en la cual había adquirido en otras épocas alguna
confianza en el público. Yo cedí, Exmo. Señor,
porque V.E. invocó sentimientos que tienen mucho poder sobre
mi corazón, y aun cuando hoy toco esas mismas dificultades
superiores a las que yo imaginaba, acompañaré a V.E.
hasta que tenga la evidencia de que mis esfuerzos son inútiles.(5)
Desatendidas las soluciones que presentara,
renunció al Ministerio en noviembre de 1857. Ocupó
además la titularidad del Ministerio de Guerra y Marina al
iniciarse el gobierno de Venancio Flores, en 1865.
El 1º de marzo de 1868, electo
Presidente de la República por unanimidad de votos de los
legisladores presentes en la Asamblea, dijo en su manifiesto de
ese mismo día: Hombre de principios, soldado de la
gloriosa Defensa de Montevideo, no me apartaré del estricto
cumplimiento de la ley--- Propenderé a la unión del
Partido Colorado, gobernando con los hombres más dignos de
ese partido, sin exclusión de matices y sin exigir otra cosa
para los cargos públicos que el patriotismo, la capacidad
y la honradez... Trataré de mejorar, en cuanto sea posible,
todos los ramos de la Administración, mi primer cuidado será
garantir la vida y la propiedad en todos los ámbitos de la
República, siendo inflexible con cualquier abuso que se cometa;
hacer que la ley sea igual para todos, blancos y colorados, nacionales
y extranjeros, afianzar la paz, el orden y las instituciones, en
una palabra, gobernar con la Constitución, levantándola
encima de todas las cabezas.(6)
Corroborando lo que en ese momento expresara,
escribía a su hijo Luis el 17 de marzo de 1881: Desde
tu partida no ha ocurrido aquí nada que merezca poner en
tu conocimiento. Lo único que me concierne, es la publicación
que hace ayer El Heraldo del Manifiesto que di cuando subí
a la Presidencia, y por el cual se ve que dige lo contrario de la
eregia que con tanta incistencia me reprochaban. Esta es que gobernaria
solo para mí partido, cuando por el contrario expreso, que
haré que la ley sea igual para Blancos y Colorados. Te hablo
de esto porque de cuantos cargos me han hecho, aquel me parecia
el mas contrario á mi modo de pensar, é imposible
le hubiese cometido á sabiendas. Varias veces encargué
buscasen en los periodicos de aquella epoca ese documento, y nunca
dieron resultado mis pesquizas. (Se respetó la escritura
original)
Pronto vio frustradas las esperanzas
que manifestó al hacerse cargo de la Presidencia de la República.
Durante el ejercicio de su gobierno hubo de soportar varios movimientos
revolucionarios; el último que enfrentó fue el protagonizado
por Timoteo Aparicio, iniciado en 1870.
En medio de sus hondas preocupaciones,
tuvo que resolver el problema suscitado por el reclamo del dueño
de dos esclavos que habían huído de Brasil, buscando
la libertad en suelo uruguayo; se negó a acceder el pedido
y reunió dinero para satisfacer el precio fijado para comprarlos,
consiguiendo de este modo que permanecieran como ciudadanos libres
en nuestro país.
Su presidencia transcurrió siempre
en medio de graves problemas financieros cuyas causas, diversas
y complejas, fueron explotadas por sus adversarios políticos.
Pero el Contador General de la Nación, Don Tomás Villalba,
por cuyas manos escrupulosas pasaron todas las cuentas y documentos
de la época, declaró en 1874, en el curso de una ardorosa
polémica con el ex Ministro de Hacienda don Fernando Torres,
que el Presidente Batlle había revelado siempre gran honradez
dentro del caos financiero en que se debatía su gobierno.
(7)
El 8 de diciembre de 1872, concluído
su mandato presidencial, dio a conocer un documento titulado: Esposicion
que dirige el general Lorenzo Batlle a sus conciudadanos y habitantes
de la República, de la que destacamos los siguientes
párrafos: Mi primer acto fue comprometerme a gobernar
con mi partido, y no podía hacer otra cosa en aquellos momentos
ya que así se había practicado casi siempre por las
dos fracciones que en la República se disputan el poder,
y máxime cuando acababa de frustrarse una revolucion sangrienta,
fatal para ambos lados, que habían escoltado el rencor y
las pasiones políticas. Mas formé el propósito
de gobernar con equidad y justicia para todos, y tengo la conciencia
de no haber agraviado el derecho en nadie.(8)
Se retiró del gobierno pobre,
y con su patrimonio disminuído. (9)
El 7 de noviembre de 1876 los dos únicos
sobrevivientes del matrimonio José Batlle y Carreó
y Gertrudis Grau, el General Lorenzo Batlle y su hermana Gertrudis,
viuda de Luis Michaelsson, se repartieron en partes iguales lo que
quedaba de la herencia paterna, después de haber efectuado,
dos años antes, ventas parcelarias para el pago de hipotecas
y de haber fraccionado en 1875 en solares, el predio ocupado por
el molino y la quinta, vendiéndolos en lotes a distintos
compradores.
Estos hechos, ocurridos después
de la terminación de su período presidencial, configuran
datos que confirman la honestidad con que procediera Don Lorenzo
Batlle en todas sus gestiones de gobierno.
En la escritura de partición
de la herencia declaró Don Lorenzo que el lote A
del plano, delimitado por las calles Yaguarón al Este y Lima
al Sur, tenía una construcción que le pertenecía
absolutamente por haberla hecho edificar a su costa. En esa casa
transcurrieron las mocedades de los hijos de su matrimonio con Amalia
Ordóñez Duval, efectuado el 16 de julio de 1855: José
y Luis, con quienes su padre compartiría la gloria y desventura
de la heroica jornada del Quebracho. (10)
Don Lorenzo Batlle falleció el
8 de mayo de 1887.
(4) Lorenzo Batlle fue borrado del escalafón
militar el 28 de enero de 1886 y la conciliación política
de noviembre de ese año le repuso en sus grados militares.
(5) Cit. en Eduardo Acevedo: Anales
Históricos del Uruguay, Montevideo, 1933. Tomo II.
(6) Eduardo Acevedo, ob. cit., Tomo
III.
(7) Eduardo Acevedo, ob. cit., Tomo
III.
(8) idem.
(9) En la obra Batlle y el Batllismo
de los Dres. Giudice y González Conzi (2ª. ed. 1959)
se transcriben los siguientes párrafos de la obra de José
Luciano Martínez, Hombres y Batallas: Subió
al poder teniendo una desahogada posición pecuniaria, y a
los seis meses de su descenso de la Presidencia de la República
se vio obligado a empeñar su caja de oro de rapé para
atender las necesidades más imperiosas de su existencia.
Pero se lee la aclaración de puño y letra de Don José
Batlle y Ordóñez en la primera edición, cuyo
primer ejemplar le fuera obsequiado por sus autores en 1928. La
reproducción del original está en la pág. II-2
de la 2ª. edición de la obra (Batlle y el Batllismo)
que expresa: No recuerdo si mi padre empeñó
su caja de rapé; pero sí es cierto que su pobreza
fue muy grande, después de su presidencia. El molino uruguayo
que había sido antes su medio de vida, fue desatendido y
se fundió durante su período presidencial.
(10) En la obra del Dr. Luis Bonavita,
Hombres de mi tierra (Montevideo, 1958) el autor corrige
la información que diera en el Suplemento dominical de El
Día de fecha 20 de mayo de 1956 ya citado, respecto
al lugar donde habían nacido los hijos de Lorenzo Batlle
y Amalia Ordóñez, con datos proporcionados por Don
Rafael Batlle Pacheco. La casa donde nacieron estaba ubicada en
Yaguarón y Asunción, en una parte del establecimiento
del Molino Uruguayo del abuelo José Batlle y Carreó.
(Los datos de las biografías
que anteceden fueron tomados del Prólogo de la obra JOSE
BATLLE Y ORDÓÑEZ Documentos para el estudio
de su vida y de su obra. EL JOVEN BATLLE (1856 1885). Tomo
I. Montevideo, 1994, del que es autora Alba G. Cassina de Nogara).
MATILDE
El aleccionador relato realizado por
la destacada escritora Prof. Graciela Sapriza en el libro Mujeres
uruguayas. El lado femenino de nuestra historia nos presenta,
por primera vez, una digna semblanza de Matilde Pacheco, la esposa
de Don José Batlle y Ordóñez.
Con un generoso acopio de datos cuya
procedencia se anota pormenorizadamente en sus Notas y Bibliografía,
la escritora nos acerca a un personaje del que sólo se tenían
referencias por haber figurado en unos pocos episodios, entre los
que se destaca el atentado del Camino Goes ocurrido el sábado
6 de agosto de 1904, en plena guerra civil.
Cuando realizaba el Presidente BATLLE,
su esposa y sus dos hijos menores, el paseo que era habitual desde
antes de la guerra iniciada en enero de ese año, explotó
una bomba delante del carruaje que los conducía. La Sra.
de Batlle registró exactamente la hora pues su reloj se detuvo
por efecto de la explosión: eran las 4 y 37 de la tarde.
Y se señala el temple extraordinario de aquella mujer
superior dueña de sí misma, aun en el tremendo instante
en que se jugaba su propia vida y la de los seres más queridos
para ella como lo anotan los autores de Batlle y el Batllismo,
Dres. Roberto Giudice y Efraín González Conzi, 2ª.
ed., pág. 137 (2).
Otra referencia es el recuerdo de Domingo
Arena durante una conversación con BATLLE, al referirse al
momento en que César, el hijo mayor, cayera herido en la
guerra civil. Este tremendo episodio le hacía recordar,
con emoción, el sereno estoicismo con que le había
acompañado su gran mujer... Es que unía a la máxima
ternura, la fibra espartana. ¡Por algo había sido su
gran pasión!
Pero Graciela Sapriza buscó otros
elementos y centró su relato en la historia de un drama
de amor que transcurrió en el cruce de dos siglos.
Matilde Irene Pacheco Stewart había
nacido el 20 de setiembre de 1854, hija de Manuel Pacheco y Obes
y Ana Stewart Agell. Contrajo matrimonio el 25 de noviembre de 1872
con Ruperto Michaelsson, hijo de Gertrudis Batlle Grau (hermana
de Don Lorenzo y por tanto tía de José Batlle y Ordóñez)
y del médico Luis Michaelsson. Del matrimonio nacieron cinco
hijos: Matilde Sofía, Ruperto Luis, Juan Luis, Guillermo
Francisco y Carlos Manuel.
En la pág. 46 del libro José
Batlle y Ordóñez. El creador de su época
1902 1907 del historiador estadounidense Prof. Milton
I. Vanger, se expresa: ...Batlle era de costumbres moderadas,
esposo modelo y orgulloso padre de cuatro hijos; su esposa era hija
de otro héroe de la Defensa de Montevideo, Manuel Pacheco
y Obes. Aún así, los orígenes de su matrimonio
eran complicados. Ruperto Michelsson, marido de Matilde, la había
dejado con cinco hijos y sin dinero. Batlle, primo de Michaelsson,
pasó a vivir con Matilde. Acto admirable, pero embarazoso
pues pasaron varios años antes de que pudieran casarse y
tener consigo a todos los hijos de Matilde...".
El relato de Graciela Sapriza permite
compenetrarnos en ese acto admirable pero embarazoso,
al recorrer las páginas donde se anotan párrafos de
la correspondencia mantenida por Lorenzo Batlle con su hijo José,
cuando éste hizo un viaje a Europa (partió el 21 de
octubre de 1879 y llegó el 2 de febrero de 1881) y con su
otro hijo, Luis.
Esas transcripciones nos hacen conocer
las angustias que viviera Matilde cuando su esposo Ruperto viajó
a Londres a gestionar la herencia de Francisco Hocquard por encargo
de su tía, María Antonia Agell. Se embarcó
a fines de marzo de 1880 y recién regresó el 15 de
abril del año siguiente. Había tenido un encuentro
con BATLLE en París, cuando éste estaba preparando
ya su regreso. Don Lorenzo relata las expectativas y los trastornos
que tan larga ausencia causaba, aumentados por la poca comunicación
que tuviera con su familia.
Matilde estaba muy enferma lo que determinó
que, para atenderla mejor, Don Lorenzo la trajera a su casa en la
Aguada. porque en la Quinta vivía aterrorizada y creíamos
que estando más acompañada, lo pasaría mejor
(pero) los ruidos de la calle la ponen fuera de sí, a punto
de perder (el) conocimiento y ver en todo lo que la rodea espectros
y vestigios de formas espantables.(Cartas de Don Lorenzo a
su hijo Luis: 16 y 21 de marzo de 1881).
Al regreso de Ruperto volvieron a la
Quinta y todo transcurrió con tranquilidad en el hogar.
Los acontecimientos políticos
ya conocidos (dictadura de Santos, ataques a la prensa) centraron
las preocupaciones de Don Lorenzo e hijos. José en permanente
desafío al tirano desde las columnas de La Razón,
La Lucha, y en el enfrentamiento personal cuando concurría
al teatro, o con sus secuaces.
Una nueva desgracia familiar ocurre
a raíz de un accidente de un hijo de Matilde, Willi, que
le provocó serias quemaduras y como consecuencia el recrudecimiento
de la enfermedad de su madre. BATLLE cuidó a Willi y a la
madre, frecuentemente hasta más de la 1 de la noche.
Yo le acompaño siempre a esas horas, dejándola ya
tranquila, nos retiramos juntos (Carta de Lorenzo Batlle a
su hijo Luis, del 9 de abril de 1883).
Ruperto estaba muy enfermo. En carta
de BATLLE a su hermano, que en ese momento se encontraba en una
estancia en Guaviyú, le expresa: Sabrás que
he cambiado bastante: estudio mucho, todo lo que puedo; paseo poco;
nadie me visita, porque me niego; y cosa rara, fausta noticia, he
dejado por fin el cigarro: hace más de dos meses que no fumo.
Haría una vida modelo: no perdería un solo momento
del día; pero me comprometí hace algún tiempo
a curarle la quemadura del brazo al chiquilín de Ruperto,
y aunque ahora está casi sano y ya no lo curo, hacen igualmente
obligatoria mi visita cuotidiana la enfermedad de Ruperto, que según
dicen esta malísimo, y los constantes ataques de Matilde.
Se me van tres o cuatro horas todas las noches como nada.
Te decía que Ruperto está
malísimo y saber querrás algo sobre esto, los médicos
-Vizca y Pimentel- dicen que está tísico. El pobre
habrá estado confundiendo, hace mucho tiempo, la tisis con
el asma: ahora mismo se cree asmático. Se le ha dicho a Matilde
que esté preparada para todo; ella cree que puede sobrevenir
un accidente fatal el día menos pensado; a mi no me parece
que el caso sea tan afligente; pero creo que si la situacion de
Ruperto no cambia, tampoco se levanta el pobre de la cama. Lo ha
perdido todo en la Bolsa a la que ya no puede asistir; no tiene
ni para el mercado, ni quien le fíe, ni en qué trabajar,
ni quien le dé trabajo. Imagínate qué situación
para el que tiene muger, cinco hijos, y está acostumbrado
a vivir como Ruperto. No quiere cuidarse y parece que se hubiese
decretado el suicidio y se estuviese suicidando lentamente. En estos
casos suele comprender uno la importancia del dinero".
(Mayo 27 de 1883) (Se respetó
la escritura original)
Sin nada absolutamente, sin salud,
y con una crecida familia; es la situación más desesperante
que se pueda imaginar, comenta Don Lorenzo, y agrega: Ruperto
piensa ir a pasar una temporada a la campaña de Buenos Aires,
en la estancia de Guillermo Stewart, marido de la hermana de Matilde
(10 de junio de 1883). La última noticia que se tiene de
Ruperto es la de su fallecimiento ocurrido el 27 de setiembre de
1893.
Graciela Sapriza sigue el relato bajo
un acápite muy sugestivo: Esperanzas locas. Ilustra
al lector con cartas de José a su hermano Luis en los meses
de junio y julio de 1883. Se justifica por no escribir más
seguido, porque una carta, una verdadera carta, una conversación
íntima con un amigo o con un hermano, no se puede escribir
a todas las horas del día. Es necesario encontrarse dispuesto:
sentir, pensar tiernamente, tener algo delicado en el alma. Y por
qué no esperar ese momento. ...¿Dirás
sin duda alguna por qué ese momento no siempre llega para
mí y por qué cuando llega suele traer pensamientos
tan raros y esperanzas tan locas que no me atrevo a comunicarlas?.
(...) En este momento, por ejemplo, podría decirte
muchas cosas por el estilo, y sin embargo me las callo, y prefiero
seguir embromando. ¿Crees tú que yo estoy contento
con la vida actual y que no me imagino nuevos planes de vida, y
que no sufro cuando veo que no puedo ponerlos en práctica?
Pero dejemos todo eso (Julio de 1883).
En la misma carta expresó: no
tenemos familia y nos encontramos solos en el mundo. El pobre viejo
necesita un hogar menos árido y menos frío que el
nuestro, - un hogar templado y embellecido por la presencia de la
mujer- y nosotros debemos proporcionárselo. Cuánto
envidio a esas familias, que más que familias parecen una
tribu, un pequeño mundo aparte.
En una hoja suelta de un cuaderno perteneciente
a Don José Batlle y Ordóñez, en la línea
que corresponde al día 15 de setiembre, dice: ...Son
las doce de la noche. Hace algún tiempo que he llegado de
casa de Matilde. Qué mujer esta Matilde!. Si yo escribiera
novelas ella sería la protagonista de la más bella.
Si fuera pintor su figura sería la figura culminante del
cuadro más luminoso...Si (ilegible) aires de Tenorio cuánto
(¿) halagaría ceñirla como una piedra preciosa
al carro de mis conquistas. Y si yo fuera capaz de amar y ella no
estuviese ligada a otro hombre por un vínculo indisoluble
¡oh! que puesto tan alto, tan alto, yo le daría en
mi corazón!. Pero no soy nada de esto y una amistad sincera
y tranquila me la hace apreciar tal vez mejor de lo que la apreciaría
de otro modo. (Esta hoja fue encontrada al azar entre tantos
documentos guardados por Doña Anita Cherviere de Batlle Pacheco,
esposa de Don Rafael, celosa custodia del Archivo Batlle hasta su
fallecimiento acaecido el 30 de noviembre de 1979, y se encuentra
en ese Archivo). (Año deducible: el mismo de las cartas enviadas
a su hermano Luis).
Llegamos inevitablemente a lo expresado
por el Prof. Vanger al referirse al acto admirable pero embarazoso
que pusieron a los protagonistas del drama de amor que transcurrió
en el cruce de dos siglos, (como anota Graciela Sapriza),
en el centro de las críticas y muchas veces del desprecio
de una sociedad que aún no había superado los prejuicios
y la hipocresía de esa época.
BATLLE y Matilde se casaron el 29 de
setiembre de 1894.
De su unión nacieron: César
(1885); Rafael (1887); Amalia Ana (1892); Ana Amalia (1894); y Lorenzo
(1897).
En el archivo se encuentran libretas
de BATLLE, de Matilde y de Ana Amalia. Cuando tuve en mis manos
esos documentos sentí un estremecimiento emocional muy difícil
de explicar. Aunque ya habían sido generosamente proporcionados
para su estudio y consulta al Profesor Milton Vanger y a Dora Isella
Russel, no pude evitar una sensación de culpa que sabemos
nos ha sido perdonada- por penetrar en intimidades que sólo
fueron de los que en ellas volcaron las angustias de una verdadera
tragedia familiar. (Doña Anita me había designado
custodia de ese Archivo, confianza que luego de su fallecimiento
reiteraron sus hijos: Matilde, María Antonia y José,
lo que significó para mi un inmenso honor. Debo mencionar
con toda justicia que el Bibliotecólogo Hugo Mazzeo, colaboró
en la descripción de los documentos con toda profesionalidad
y con el respeto y admiración que sentía por la figura
de BATLLE).
Dora Isella Russell publicó en
el Suplemento dominical de El Día de fecha 20 de enero de
1966 El diario de una agonía, un emotivo relato
sobre las anotaciones que hiciera Ana Amalia en su diario. Escribe
Dora Isella: Manos queridas, han puesto en las nuestras, en
este mes de enero que fue el de la partida de Ana Amalia, un patético
documento entrañable, guardado con piadosa reserva por sus
familiares, a quienes costó mucho esfuerzo leerlo alguna
vez. Ingenuamente la autora advierte: No quiero que nadie
lea esta libreta, sin mi permiso... se lo pedimos a su memoria,
a más de medio siglo de distancia.
Lo inicia el 5 de noviembre de 1912
y su última anotación es del 24 de diciembre, un mes
exacto antes de morir. Bajo esa fecha inicial, Ana consigna
su enfermedad: Hace 6 meses y 17 días que estoy enferma!.
Cuál es mi enfermedad, no sé seguro, pero me inclino
a creer en una... Yo se los he dado a entender varias veces en casa,
que yo conozco lo que tengo.
Escribe Dora Isella: Duele y conmueve
la lectura, agobia, aunque jamás trasunte desesperación,
queja, rebeldía; apenas si insinúa el gozo que sería
poder caminar, volverse a sentir sana. pero sin un grito, sin una
protesta. Fluye una apaciguada serenidad; la convicción,
acaso, de lo irremediable, apenas disimulada por el afán
de quererse convencer de que aún queda alguna esperanza.
Batlle relata minuciosamente en sus
cuadernos todos los intentos por salvar a su hija; nada era imposible
realizar: Dentro de los medios de que dispongo yo no ahorraré
sacrificio pecuniario anotó cuando se pensaba llevarla
a Europa para su cura. Los médicos no lo aconsejaron: la
enferma estaba muy débil y no hubiera resistido el viaje...
En una de sus libretas escribió:
Estas líneas son hijas de un deseo de llorar...Son
una queja...también una ofrenda, un homenaje: flores que
deposito sobre su tumba con el rocío de mis lágrimas;
inscripción que grabo en su losa funeraria...Son, a más,
caricia a la esperanza de hallarla, algún día, no
sé dónde, en el seno del inconcebible infinito; protesta
contra el olvido que, como la obscura hiedra, cubre poco a poco
los sepulcros. ¡Oh, Ana Amalia!. Yo no te doy aún por
perdida! ... Espero! ...En tanto, ¡que viva en el recuerdo
la suave y dulce voz de tu sonrisa, la purísima serenidad
de tu mirada, tus líneas helénicas, tu aroma de flor,
la claridad de tu razón, la austeridad de tu carácter;
tu ser todo, aureolado de lealtad, de bondad, de poesía...!
Matilde hacía sus anotaciones
en una libreta que perteneció a su tía Matilde Stewart,
en la que registró la muerte de tres hijos: El 8 de
febrero de 1894 murió nuestra hijita Amalia Ana Batlle Pacheco,
a la edad de diez y seis meses. Calle Jackson. Montevideo. El 17
de junio de 1897. Murió mi hijo Juan Luis Michaelsson Pacheco
a la edad 18 años y medio. Calle Rondeau. Montevideo. El
24 de enero de 1913. Murió mi idolatrada hija Ana Amalia
Batlle Pacheco, a la edad de diez y ocho años y dos meses.
En nuestra chacra de Piedras Blancas. Montevideo.
Siguió haciendo anotaciones
como si mantuviera un diálogo con su hija a quien no se resignaba
a considerar muerta. ... Hace dos años recogimos una
chica huérfana que no tiene a nadie en la vida. Tu padre
se ha nombrado tutor de ella y yo en tu memoria la cuido y educo
como si fuera nuestra. Ella sabe que tú eres
su protectora y cuando se levanta besa tu retrato y lo mismo a la
hora de acostarse. Es muy viva e inteligente. Se llama María
Matilde Batlle y creo que si tú hubieras vivido, hubieras
sido tú la que la hubieras recogido al verla tan chiquita
y tan sola en la vida. (25 de Noviembre de 1920)
Al final hay una frase escrita por Don
José Batlle y Ordóñez que dice: Matilde no
olvidó jamás a su Ana Amalia. Marzo de 1926.
(Matilde falleció el 13 de febrero
de 1926)
Queda aún una página sin
escribir, la de Mariquita, como cariñosamente llamaban a
María Matilde Batlle...
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